Capítulo 2: Pedro Navaja

Corría la noche del 13 de marzo de 1976, sábado lluvioso en la Ciudad de México. El sonido de los automóviles que circulaban por el pavimento mojado se acompasaba con la luz de un Delicado sin filtro que fumaba Pepe: una luz naranja que aparecía y desaparecía entre el humo y el vapor que salían de su boca.

Había estado esperando durante 40 minutos en la esquina de Gutiérrez Nájera y Bolívar, en la colonia Obrera, recargado en un automóvil, con gabardina negra que a esa altura ya estaba empapada y fría, gomina en la cabeza hecha plasta. Su mirada iba y venía entre los carros que pasaban y el letrero azul que anunciaba el cabaret El Barba Azul.

Le habían indicado que en ese lugar se encontraría con dos muchachos de aspecto estudiantil: César Antonio y Amaranta.

Pepe se decidió a apagar su cigarro, lo soltó en el charco donde flotaban restos de otros cigarros. Se subió el cuello de la gabardina y caminó hacia la entrada del cabaret.

— La noche tan fría y a usted lo dejaron plantado, joven —le dijo un cadenero.—  No se preocupe, acá se calentará con las muchachas. Nada más, eso sí, no se olvide de pagarles sus fichas al final, porque luego la chaviza como usted, nos salen con que no llevan un quinto encima después de 4 o 5 bailes. Espero que no sea de esos valagardos. ¿Estamos?

Pepe les regaló una sonrisa fingida sin mediar palabra. El mesero que lo recibió lo dirigió a un asiento de la barra donde se acostumbran a sentar los hombres sin compañía, pero antes de llegar, Pepe interrumpió al mesero y le dijo:

— Me quedo en esta mesa, con mis amigos. Muchas gracias.

Los ocupantes de la mesa eran los dos muchachos a los que tenía que abordar: pantalones de mezclilla, tenis converse, blusa amarrilla en ella y playera negra de los Three Souls in my Mind en él. Ambos se miraron confundidos y se mostraron alterados, no esperaban a nadie. No eran tiempos buenos en su organización. Decidieron increpar a Pepe, pero antes de decirle una palabra, éste sacó de su gabardina un periódico que protegía de la lluvia, en su portada se leía “Madera. Periódico clandestino. N° 20”.

— Ustedes me disculpan, camaradas, por este atrevimiento. No encontré mejor formar de expresarles mi solidaridad.

Los muchachos hippies guardaron silencio sospechosista.

— Soy sobreviviente cecehachero, del 71. Desde entonces, me mantengo en el anonimato de las aulas.

Pepe sacó de su cartera su credencial de estudiante de la UNAM, de la Facultad de Ciencias.

— ¿Qué quieres? —Amaranta le increpó seriamente.

— Los antiguos Lacandones me dieron seña de ustedes. Mi conciencia me pide que me una a la lucha. No puedo deshonrar la memoria de mis camaradas y de mi padre, que en paz descansen, escondiéndome en la cobardía — pausó un momento— . El Estado represor les arrebató la vida.

— Este no es lugar para hablar de eso. Además, seguro eres policía. No tenemos nada para ti —sentenció Amaranta.

Pepe sacó su cajetilla de Delicados y les ofreció a los dos.

En el fondo comenzaban a sonar unas sirenas de patrulla acompañadas de trompetas y percusiones: “Pedro Navaja” comenzaba a sonar en el cabaret y la pista de baile se llenaba.

Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar, con el tumbao que tienen los guapos al caminar…”.

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(15/03/19)

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