Capítulo 1: Jesús, poeta

El silencio de la locación es roto por el ruido del micrófono, un chillido que lastima los oídos. En el escenario un muchacho moreno se prepara para exhalar los primeros versos del libro que sostiene entre sus dedos, frente a su rostro. Es un poeta ortodoxo que viste con aire de pobreza autoproclamada: una gabardina negra de segunda mano, con un agujero de calvicie en la coronilla, tenis converse; el escenario está iluminado con una luz roja, detrás de él comienzan los primeros acordes de una batería al estilo del soundtrack de Birdman, una tensión musical que prepara el terreno para que el poeta comience con su primera cuchillada:

Todo me duele, como si todas las cosas

del mundo en que habito

estuvieran hechas de esencia tuya

e hicieras falta a las cosas.”

El último verso se perdió con otra interferencia del micrófono. Los versos salían de su boca convencidos de que construían un puente entre los espectadores y algo superior: el dolor como creación, como redención.

El poeta, convencido, bajó el libro para recibir los primeros aplausos que inauguraban su gran noche, a cambio les ofrecía una reverencia, convencido; la batería bajaba la tensión con un redoble compasivo de tarola, estilo jazzístico; era un éxtasis que solo el poeta podía experimentar. Solo él, porque en el público habían tres personas: una de ellas estaba camino a la puerta, poniéndose su abrigo y con cara de desagrado por el espectáculo ofrecido por aquél mequetrefe que creía que recitar dolor lo hacía superior literariamente, como si la vida cotidiana no tuviera suficiente de eso como para venir a romantizarlo y ofrecerlo desde un escenario; otra mujer, le regalaba un aplauso pobre, forzado, compasivo, daba tristeza como el eco del salón vacío le regresaba su propio aplauso; la tercera persona estaba metida en su trago, perdida, observando el fondo de la copa, buscando algo, se miraba ensimismada, como reteniendo una imagen en su memoria sabiendo que nunca más volvería a mirarla: había perdido algo.

El poeta se incorporó con solemnidad, sabía que su acto poético trascendía cualquier escenario, cualquier público, se sentía destinado a entregarse en cuerpo y alma a algo superior e intangible que encontraba en su poesía el camino hacia la Tierra, él era solo un instrumento, así lo vivía, su aire era como el de Jesús: el que tenga oídos, que oiga, no le importaba la pobreza en los aplausos o en los asistentes.

Cambió de página y comenzó el siguiente poema.

(08/03/19)

 

abstract black and white blur book
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