El club de los músicos

Un puto mundo cortaziano. Todo giraba en torno al Club, nada tenía valor fuera de él y todo carecía de esencia: cosas banales, mundanas, superficiales, cuadradas. Nada de formalidades en el Club, en apariencia, porque la no-formalidad exigía a la vez a rolar la mariguana, a emborracharse y reírse de la nada, de lo etéreo, de la necesidad de cagar de alguien. Me veían feo porque veía feo a la pipa de mariguana. Era un sub-normal dentro de la sub-normalidad.

Llegué ahí por el puto enamoramiento. Un abogado en medio de músicos. ¿Cómo te ganas la vida? Me preguntaron sarcásticamente. Una música griega tradicional feísima. Ajeno dentro del mutuo aislamiento. La cerveza artesanal como tótem.

Dos o tres veces a la semana el Club aparecía en distintos lugares y tenía cierta convocatoria constante. De las cosas que gané fue asistir una vez por semana y nada más. Asistir, claro está, a sentirme sub-normal y preguntarme constantemente qué tipo de trastorno sufría cada una de esas personas como para emborracharse y drogarse como estilo de vida. Vivir para destruirse, debía ser el lema de ese Club. Llegaba un punto en la noche en que la borrachera me dejaba solo, no teniendo la capacidad de reírme de la necesidad de cagar de alguien, como los demás. Colores saliendo de los sonidos, sonidos saliendo de los colores… que mi personalidad era como un Re mayor; después las visiones peyoteras o de los hongos; se cagaban de risa por la visión de una liebre gigante que alguien experimentó en Oaxaca. Y de todo eso que se hablaba, yo solo podía poner cara de sorprendido porque mi cerebro subnormal nunca había sido alterado como para experimentar alucinaciones reales o percibir el Re en mi personalidad e integrarme y que obtuviera una membresía implícita del Club.

El Club era un mal necesario para soportarse en casa, a la mañana siguiente y ver que a la luz del día, con el dolor de cabeza o lavando ropa, no existía ninguna liebre gigante ni nada de la noche anterior, y ya solo quedaban encontrándose con lo mierda de la realidad. Yo supongo que era así, porque mi pareja lo necesitaba para sentirse bien… sin el Club, como pasó bastantes veces, era agresiva, a todo mundo puteaba, rompía cosas, celaba, lloraba, la vida le dolía. Le dolía que fuera un oficinista, que no viera colores en los sonidos.

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